Columna Olor a Dinero
Feliciano J. Espriella
El narco, el holocausto y el periodismo que ya no necesita pruebas
Lunes 24 de marzo de 2025
Los medios han bautizado como “campo de exterminio” al rancho La Estanzuela en Teuchitlán, Jalisco, sin pruebas sólidas que lo respalden. La etiqueta, más política que periodística, encaja con narrativas que buscan justificar una intervención extranjera en México.
Desde que se dio a conocer el hallazgo en el rancho La Estanzuela, en Teuchitlán, Jalisco, algunos medios se apresuraron a llamarlo “campo de exterminio”. Reforma y su coro de opinadores no dudaron en usar el término, a pesar de que todo apunta a que se trata de un sitio de entrenamiento. Un pequeño detalle sin importancia, claro.
Porque una cosa es un lugar donde se enseña a disparar, matar y –si quieren exagerar– hasta torturar, y otra muy distinta un sitio destinado exclusivamente a ejecuciones. Pero no, la palabra “exterminio” quedó mejor en el titular. ¿Por qué? Porque encaja perfectamente con la narrativa que lleva meses empujando la derecha estadounidense: el narcotráfico como terrorismo. Y ya sabemos lo que sigue de ahí: intervención militar.
Así que no nos hagamos los ingenuos. Al usar “exterminio”, Reforma y compañía no solo inflaron la nota, sino que abrieron la puerta para que Washington meta las manos. No es un desliz periodístico, es un movimiento calculado. Y a estas alturas, nadie debería sorprenderse.
¿Campo de exterminio o campo de entrenamiento?
El rancho en cuestión fue descubierto por el colectivo Guerreros Buscadores de Jalisco gracias a una llamada anónima (o al menos eso dicen). Y hasta la fecha, nadie ha encontrado evidencia real de que ahí operara un “campo de exterminio”. No hay hornos crematorios. No hay estructuras diseñadas para ejecuciones masivas. Lo único que sostiene esa versión son las declaraciones de un supuesto sobreviviente, cuya identidad nadie conoce y cuya historia nadie ha verificado.
Indira Navarro, fundadora del colectivo, afirmó que este misterioso testigo le contó que el sitio funcionó desde 2012 hasta hace tres años, cuando el grupo que lo controlaba lo abandonó. Según él, ahí “fácil” quemaron unas 1,500 personas en tres años. Hagamos cuentas: eso equivale a 42 víctimas al mes, una cifra bastante menor a la tasa mensual de homicidios en Guanajuato desde hace años. ¿Eso es un “holocausto”? No parece.
Pero los medios hicieron su magia. “Campo de exterminio” se convirtió en la etiqueta del día. ADN40.mx llegó al extremo de titular uno de sus videos: “Teuchitlán, Jalisco, el campo de concentración del narco que se convirtió en un campo de exterminio”. ¿Ven la jugada? De un terreno en el que supuestamente se entrenaban sicarios pasamos a un Auschwitz versión narco, sin pruebas, pero con mucha indignación fabricada.
Excursión mediática: el circo de la comentocracia
Como era de esperarse, la prensa carroñera no tardó en organizar su expedición al rancho. Lourdes Mendoza y otros “sicarios informativos” hicieron su show: fotos dramáticas, videos con fondo lúgubre, tomas de botas y mochilas cuidadosamente acomodadas para la cámara.
Javier Lozano –alias “el saco de pus”, como lo apodan en redes– no se quedó atrás. Se grabó muy indignado, posando junto a zapatos y ropa limpia, insinuando que pertenecían a las víctimas. ¿Pruebas? Ninguna. Pero en la era de la posverdad, la narrativa es lo único que importa.
Y, claro, si las protagonistas del hallazgo eran madres buscadoras, cuestionarlas era políticamente incorrecto. Así que los medios compraron la historia sin chistar. Nadie verificó. Nadie dudó. Todos repitieron la palabra clave: exterminio.
Lo que nadie quiere contar
Pero hay un detalle incómodo en todo esto: el rancho no apareció de la nada el pasado 8 de marzo, como insinuó el colectivo en redes. La Guardia Nacional ya lo había detectado en septiembre de 2024, cuando detuvo ahí a 10 personas, liberó a dos secuestrados y encontró un cadáver.
Desde entonces, el sitio quedó en manos de la Fiscalía de Jalisco, que lo dejó sin investigar y con las puertas abiertas. Meses después, cuando llegaron los medios, encontraron lo que cualquiera esperaría de un lugar abandonado: ropa, mochilas, dos caballos sueltos… y un escándalo hecho a la medida de los intereses políticos del momento.
Porque si algo queda claro en este montaje, es que el término “campo de exterminio” no se sostiene con la evidencia. Es una exageración burda, diseñada para alimentar la idea de que el narco es un problema de seguridad nacional… y que México necesita ayuda militar extranjera.
La pregunta es: ¿quién gana con esa narrativa? Porque los muertos, los desaparecidos y sus familias seguro que no.
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